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Fachada
antes de su derrumbe
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Después
de su derrumbe parcial en 2008 |
Es
este uno de los molinos más emblemáticos y presentes en
la historia de Alcalá. Por su cercanía al casco urbano,
en relación con los demás molinos fluviales, y haber sido
comprado por el Cardenal Cisneros para que sirviera de sustento al Colegio
Mayor de San Ildefonso, lo que motiva su denominación popular
"del Colegio", que se hizo extensiva a la isla fluvial anexa.
No obstante, la denominación anterior de "molino Borgoñón"
se ha mantenido en el tiempo.
Desconocemos cuándo se dio comienzo a la actividad en este molino,
cuál fue la fecha de su primera fábrica. Pero sí
conocemos que Cisneros, dentro de su proyecto, compra un molino ya existente
('Borgoñón' o 'Burguiñón') y lo adscribe
al patrimonio del Colegio Mayor, donde se mantiene hasta la desamortización
o enajenación de los bienes universitarios de los Colegios Mayores por parte de la Corona, a finales del siglo XVIII.
El año de 1509 es el que figura como fecha de donación
de este molino, junto con otros inmuebles, al Colegio, según
documento y relación que cita García Oro. Se habla del
"molino que dizen de Borgoñon, en la rivera del Henares,
çerca de las huertas de la dicha nuestra villa de Alcala, con
un sitio de batan que alli estuvo". Aunque esa es la fecha
de donación, 1509, pudo haber estado en manos del Cardenal Cisneros desde
tiempo antes, como parte de los preparativos que fue realizando en la
creación de su obra universitaria. Es interesante hacer notar la alusión a un batán como cosa diferenciada. Comparte este uso primero con el Molino de las Armas, que también fue batán; una muestra de la importancia que tuvo en estas tierras castellanas la manufactura y preparación de la lana.
Ya
como parte de su dote, el molino sirve al Colegio Mayor en el suministro
de harina y por los ingresos que genera su arriendo a terceros. Consuelo
Gómez indica que el molino era arrendado en unas condiciones
muy precisas. El Colegio se comprometía a tener las instalaciones
en pie, en buen estado (instalaciones que incluían presa, compuertas,
casa, caballeriza, etc.). También había el compromiso
de que los miembros de los colegios fueran a moler por turnos; y facilitar
los pertrechos necesarios para el funcionamiento del molino.
Dada su ubicación, el molino se veía periódicamente
afectado por las avenidas del río Henares, que dañaban
su fábrica, caz e instalaciones. Era frecuente que se hallara
en mal estado de conservación, dadas las penurias económicas
del Colegio. Las quejas de los arrendadores eran constantes. En 1583
esta situación llegó a extremos: Juan González,
entonces arrendador, denunció un estado tan pésimo que
incluso los panaderos habían renunciado a moler allí.
En
1591 se encarga Guillermo García Navarro, 'oficial de palería
de hacer acequias', de las obras de la acequia del molino, "por
donde vaya derecho al desaguadero de los ladrones del molino harinero
que tiene el dicho Colegio en esta rivera del Henares". En
1593 se determina el aderezo de la presa del nuevo caz.
Lamentablemente,
en 1594 el molino sufre un terrible incendio que lo destruye. Es nuevamente
edificado, utilizando para ello la madera de las alamedas que, junto
al río, poseía el Colegio.
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Vista
desde la isla (sureste) |
Antonio
Ponz, en su viaje por estas tierras a finales del siglo XVIII, señala
la escasez de árboles en cerros y vega, pese a ser 'tierra buena
y muy propia para ello'. Continúa diciendo que "tampoco
los hay en toda la vasta llanura de sembrados alrededor de la Ciudad,
fuera de los pocos que se crían en los márgenes del río:
en una posesión, que fue de los Jesuítas, llamada la Esgaravita,
y en otra del Colegio de S. Ildefonso, por medio de las cuales pasa
el río Henares".
El
Molino en el Catastro de Ensenada (1753)
Al
consignar los datos del censo de Ensenada sobre los molinos de Alcalá,
se cita "otro que llaman del Borgoñón, con quatro
piedras, y muele con el agua del mismo río Nares, propio del
Colegio Maior de San Yldephonso, Unibersidad de esta Ciudad, quien percive
de utilidad anual seiscientos y treinta y cinco fanegas de trigo, que
a precio de veinte reales importa doze mil y setecientos reales".
Al frente se halla "Manuel Soriano, molinero en el del Colegio
Maior, [que] por su yndustria y travajo, utiliza nuebe mil
reales".
El
molino, la presa y el castillo
Hay
un detalle de interés a la hora de una hipotética 'datación'
de la actividad molinera en esta ubicación. Para ello haremos
alusión al recinto árabe de Alcalá la Vieja. Esta
posición castrense contaba con una toma de agua, corriente arriba,
establecida para casos de asedio. Accedía al río Henares,
bajo el nivel de sus aguas (de lo contrario, no podría
cumplir su función). En la reciente rotura de la presa (2007),
esa toma de agua quedó al descubierto: un pequeño arco
de ladrillo, impracticable para otra cosa que no sea permitir el paso
del agua a los conductos interiores, de donde sería recogida.
Si esa toma de agua, en ausencia o rotura de la presa queda al descubierto
e inutilizada, como así se ha podido comprobar, ¿existía
entonces tal presa y, por lo tanto, un primitivo molino en la Alcalá
bajo dominación musulmana? ¿O incluso antes? Una vez reparado
el azud, la toma de agua ha vuelto a quedar bajo las aguas, mostrando
la necesidad de este represamiento para su uso.
No debería sorprender esta hipótesis por cuanto está bien atestiguada la abundancia de ruedas hidráulicas, con diferents fines, en el río Henares, específicamente en el tramo de Alcalá a Guadalajara (Pavón Maldonado).
Algunos datos más
Diremos,
de paso, que el azud que abastece el caz de la isla es denominado comúnmente
"presa de Cayo" (erróneamente a veces se cita como
"del Cayo"), haciendo alusión a uno de los
últimos propietarios, Don Cayo del Campo, quien rehizo la presa
en el siglo XIX. De ello dejó constancia en una lápida
de piedra, casi borrada la leyenda y fecha, en el pontón de entrada
al caz. A principios del siglo XIX su dueño había sido D. Juan Pasqual de Casanoba, vecino del pueblo de Torres de la Alameda; por esa razón, entonces la presa era conocida como "de Casanoba".
Por cierto, este Pasqual de Casanoba dio numerosos problemas al municipio. Ante la carestía de harina de esos principios de siglo, el Ayuntamiento tuvo que llamarle al orden en más de una ocasión. El molinero especulaba con la harina y su destino. Se ordenó que tres de las cuatro piedras molieran en exclusiva para uso de los panaderos de Alcalá; la cuarta, podría dedicarse a moler para foráneos. Tan poca atención prestó a esta y otras indicaciones, que el Ayuntamiento se vio en la necesidad de señalarle a alguien para que vigilase constantemente la labor del molino y se asegurase de su honradez.
A principios del siglo XX era propietario otro miembro de la familia Del Campo,
D. Lucas, quien fuera diputado provincial de Alcalá. Pasó por herencia a las hermanas Del Campo Noriega (antes Menéndez) . En la actualidad (2008/09), aún vinculada a las tres hermanas o a sociedades relacionadas, se gestiona la venta de isla y molino al Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en un largo y poco transparente proceso.
Son pocas las fotografías 'de época' sobre este molino.
En alguna de esas imágenes de mediados del siglo XX se le muestra
completamente rodeado de agua, en una de las avenidas del Henares. En
más de una ocasión a través de los siglos, tanto
el molino como la isla fluvial, llanura tradicional de inundación,
se vieron desbordados por las aguas.
Muchos alcalaínos lo recuerdan en funcionamiento, como molino
o fábrica de harinas. Finalmente cesó la actividad, el
molino cerró y empezó su lenta decadencia. Un incendio
lo dejó sin cubierta, a merced del agua y el viento, así
como de los vándalos y sin techo. La desidia del Ayuntamiento
puso el resto. Teniendo la responsabilidad de guardar y preservar el
patrimonio alcalaíno, hizo oídos sordos a los llamamientos
sobre el grave deterioro del edificio. En abril de 2008 una tormenta
de agua derribó buena parte de su muro oeste, como hacía
presagiar una evidente y amplia grieta vertical.
Pese a las reiteradas
protestas y escritos presentados ante el Ayuntamiento, pese a la evidencia de la ruina y destrucción del molino, la Corporación Municipal ni se inmutó. Ni el alcalde, D. Bartolomé González, ni el concejal de Medio Ambiente, el dudosamente capacitado D. Jesús Domínguez Picazo, ante quien también se apeló, se dignaron a tomar cartas en el asunto. Más bien al contrario, alegaron que el molino no era de propiedad municipal; eso, pese a que en cada campaña política, ante las elecciones, suelen argumentar los usos futuros que le esperan dar al molino; para luego no hacer nada.
Al día de hoy, objeto de la desidia y juguete de los elementos,
solo le resta dejar caer al suelo al último de sus ladrillos.
O eso, o que la sensatez regrese a nuestros políticos. ¡Vano
intento!
Patrimonio que se pierde por culpa de unos munícipes irresponsables.
JR
- Octubre 2008
(act. mayo 2009)
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